1 de mayo de 2008

Unas disquisiciones sobre los recitales, la lectura y la acción

Leer un poema en la intimidad, es una cosa, creas un espacio mental, una campana y dejas que fluyan las palabras como lluvia suave, que te acaricien o golpeen; pero leer en publico, recitar, es otra cosa bien distinta, hay que echarle valor, cierto respeto; la concentración se hace difícil, ves rostros, amigos, desconocidos, colores, sonidos, mil distracciones y la garganta irradia poesía, jirones del mundo interior intentando emitir hacia el exterior, hacia otros mundos con sus problemas y peculiaridades. Para conectar con ellos se ha de ser brillante, intenso, seductor. Hay que interpretar. Es un arte que entra más en el ámbito de la escena que en el de la literatura, a veces una buena puesta en escena, unos medios adecuados llegan más que unos versos magistrales. Si recitamos a rebeldes e inconformistas entre las paredes frias y grises de un aula universitaria parecería un despropósito, pero si llevamos la poesía más cercana, más vital y que vincula la conciencia con las experiencia, y además une a generaciones y géneros, --poesía que agita y golpea--, si la sacamos pues de las bibliotecas, de los reductos académicos y la llevamos a la calle, a los bares, estamos haciendo algo parecido a que hicieron los dadaístas en el Cabaret Voltaire en Zurich 1916: subversión.
Félix Menkar
foto de Menkar: David González en "Naufragio en los bares"
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