1 de diciembre de 2011

REFLEXIÓN


Algunos oyen la palabra poesía y piensan inmediatamente

en publicar un libro, o en acudir a todo tipo de recitales para dejarse ver.
Otros desean obtener sus minutos de gloria,
erigirse en predicadores, o completar su conquista sexual,
según la ley mil veces expuesta de los depredadores urbanos, o
saborear el poder que sienten los forjadores de opinión,
que sea la poesía una oportunidad para incrementar su autoestima.
Otros buscarán el chute de adrenalina
que representa hablar en público.
Todos sin excepción, unos pobres diablos,
patéticos mequetrefes, que si conservaran una chispa de inteligencia
aprovecharían esa energía en asuntos más rentables
para nosotros y para los demás; dejarían así de ensuciar
el arte o la poesía con sus tácticas de comadrejas.
Estas volverían a ser disciplinas nobles, espacios de reflexión,
de crecimiento personal, para compartir y no comerciar.
Podrían ser retos en lo humano, quizás terapia,
o un encuentro con lo inesperado, el antídoto contra el consumismo,
liberarnos de la implacable y obsesiva tiranía del reloj.
¡NO¡, la poesía no siempre es divertida,
no , no se trata de cosechar victorias, sino búsquedas, sin pretender
la representación oportunista, ni los aplausos.
A veces no es entretenida, es un acto de amor o de guerra,
desde el interior hacia afuera.
Lo demás, esos engendros poéticos, combinados de oralidad espectacular,
de circo y variedades, cocina de mercado o aquellos otros simples
encuentros sociales del género ’más vale estar en compañía de afines
que aburrirse en soledad’, eso no es poesía.
No, la auténtica poesía va aún más allá, sería pues ir contra el éxito, o
contracorriente, sería un acto inútil en términos económicos,
sería perder el tiempo, según dicen los apuntaladores del sistema.
Estamos envenenados por tanto mercader de baratillo
ensuciando versos y palabras,
que intentan endosarnos lo que no necesitamos:
su basura existencial, de pobres tipos tristes y patéticos,
subproductos humanos que lo más cerca que están
de la alegría y la lucidez es tal vez
cuando se colocan como imbéciles con sus
ALIENANTES y estúpidas drogas de evasión.
No es, un desfile de vanidades, ni de egos ante los amigos, novias o ligues,
es sentir la pulsión e intentar subir un nivel de conciencia, y desde luego,
no les perdono para nada a esos poetastros de ocasión
que hayan olvidado aquello de la humildad,
del aprender, de regalar, en vez de vender.
La poesía y nosotros nos merecemos otra cosa.
Félix Menkar. 13.10.2011
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